Lunes. Décimo día de cuarentena por COVID-19.

He comenzado el día pensando en aquellos que tenían todo dispuesto para la mudanza. A estas alturas del mes, vencen los contratos de alquiler, vencen las ganas de estar en otro lado –siempre tenemos la sensación que en aquel lugar que conocimos, que elegimos como nuestro próximo destino habitable, será mucho mejor que el que dejaremos atrás–. No corre para nosotros aquello de que mejor malo conocido que bueno por conocer; mejor pájaro en mano, que cien volando. Y así nos disponemos en el trampolín, con todas nuestras vituallas, a partir, a dejar atrás.
Mas en este décimo día de cuarentena, seguimos aquí. En el viejo sitio que habitábamos. Al que llegamos ¿hace cuánto, y ya perdió el encanto. Conocemos de memoria hasta las mínimas rajaduras, cómo suena esa pérdida de agua, las chapas del techo abrumadas cuando hay viento, granizo. Ya no nos suena a aventura, como al principio. No hay magia, novedad. Conocemos el truco perfectamente.
Aquí nos hallamos, entre cuatro paredes –vamos que casi siempre son cuatro–. Si consideramos los alcanzamos ese terreno, el limitado espacio del que tomamos otra dimensión unos veinte días atrás, aunque dispongamos de un jardín, un parque, una estancia, siempre hay límites. Siempre existirán cuatro bordes, incluso si son los puntos cardinales y nos imaginamos falsas paredes para enmarcar nuestras propiedades, nuestras posesiones. Porque aún en esos reductos de miles de hectáreas, también llega el momento que nos aburre, y no es que seamos Alejandro Magno, Ciro, Colón, Magallanes, Roald Amundsen, Gengis Khan, pero hasta esas grandes extensiones no sacian nuestra sed, y nos lanzamos a los cruceros de diez días, un mes, un año sabático, para probar otras mieles. Y volver tan, o más cansados que antes, de esos viajes. O con COVID-19. Pero, aquí, quietos, amarrados a la vida cotidiana por toda una existencia, también está el COVID-19.
Ahora, los viajes, los encuentros son virtuales. Ya no avanzamos sobre el color de ojos, el tamaño de la cintura y de los bustos, los músculos, la capacidad de reproducción que develan las cejas, la nariz, los labios. Nadie se ha detenido en estos detalles, sólo los agentes secretos, o los vendedores de baratijas en las tiendas, que al decodificar la complexión física de quien tienen delante, buscan renovar el stock de productos textiles elaborados por ignotos talleres que desaparecen continuamente. Aún eso, deberá esperar, ahora es todo virtual, hasta la vigilancia.
Pocos saben decodificar las señales de los cuerpos, y mantener las observaciones en reserva, hasta que son útiles. Cuando la charla, y el resultado de la conversación tiene real interés para ello, echan mano a todas las argucias disponibles, que se hallaban acumuladas en determinadas regiones del cerebro, a la espera del momento de saltar a la superficie. Los especialistas en huesos escasamente revelan su metier, porque inmediatamente caeríamos sobre ellos en medio de cualquier cena, cóctel o reunión. Abusaremos de esa consulta sui generis, y quedaremos, tanto interlocutor como pacientes ad-hoc, cual estúpidos por haber roto aquella máxima: “el silencio es salud”.
Más, en esta era de COVID-19, hay que evitar que el cardumen olvide al pescador. Entonces, se echa mano a las redes sociales para divulgar conocimientos. Quienes han pasado por los estudios universitarios saben reconocer a los improvisados, a quienes postean información recopilada de vaya a saber qué fuentes; aunque debe reconocerse que tienen calidad en redactar lo que quieren contar, sin demasiadas pretensiones, porque del otro lado de la pantalla están quienes leen las publicaciones como quien se recuesta en un cuento, una novela. Se ubican en el centro de la escena, a veces son el adalid, a veces la bazofia, pero leen el texto como un guión que definirá su vida en las próximas horas. Si el texto está bien elaborado, en las próximos días. Y así la escala seguirá, hasta que alguno de estos intelectuales de pantalla gris logre atraer la atención de una editorial, que ha absorbido a otras editoriales, que ofrecerá, al novedoso, editar y difundir aquello que dispersó por las redes sociales.
Así, el traumatólogo deberá propagandizar sus conocimientos sobre escoliosis, posturas indeseables vinculadas a un sedentarismo atroz. El personal trainer deberá general vídeos con rutinas adaptadas a quienes escucharon en los medios, que una de las formas de convivir con la cuarentena, es hacer algo con ese cuerpo, ejercitarlo, mantenerlo lo mejor posible para enfrentar la pandemia.
Es una colmena virtual, digital, distinta, que simula amplitud, pero en constante disputa, ruidosa, colorida, entretenida, fácil de seguir, porque la corriente tiene un único sentido, vigilado por algoritmos e ingenieros de sistemas.
Se gastan energías en estas actividades. Se entregan con placidez las neuronas. Con gusto se emplean las propuestas en aras de la nueva convivencia. En el hogar, ahora nuestro lugar obligado de residencia, nos felicitamos porque no fue un exceso contradecir a los expertos y adquirir pantallas grises para cada uno de los miembros de la familia. Y una buena infraestructura de wifi, con repetidores que otorgan alcance y suficiente potencia en ese lugar de confinamiento al que llamamos casa. La distribución de responsabilidades, horarios, agendas, ahora demanda una estructura flamante. Hay horarios determinados para estrujar la banda ancha con acceso a juegos en línea, streaming musical, series televisivas, descarga de libros, consulta de noticias. Hábitos injertados en los últimos años, se convierten en cotidianos, el inestimable minuto a minuto de supervivencia. Inculcar la reducción del contacto personal, el beso, el abrazo, las frazadas y sábanas enroscadas en los cuerpos como el mejor anticonceptivo. La extensión del horario en la cama, dormitando, leyendo, acechando a las toneladas de bytes que nos aguardan en las interminables ofertas de entretenimientos, de propuestas de vida, de pensamientos, de pautas de limpieza, consejos para conservar el cabello sin un mes de peluquería. Y salir al parque a atender el césped, la caída de hojas, y reacomodar plantas, porque ir al vivero no está entre las actividades primordiales para romper la cuarentena.
Hay un mundo aparte de este, el de quienes dependen del servicio prepago de internet, de celulares inadecuados para actividades que demandan modelos recientes. Allí donde no hay wifi, Internet, conectividad y el acceso a la calefacción, a cocinar, calentar el agua para el baño depende del cartoneo, de los cajones de madera desechados, de los palés de los corralones de materiales, de las ramas de las podas, de los troncos de árboles extraídos para poner otros nuevos.
Ya no hay vendedores ambulantes, que ofrecen panificados, tortas fritas, en las esquinas. ¿De qué vivirán ahora?
El mundo humano ha sido obligado a una introspección. ¿Son realmente personas esas que aparecen en las pantallas?, piensan algunos. En los arrabales desconectados, se interrogan si son personas quienes miran constantemente las pantallas, en una consulta intermitente y desesperada, como si hubiera allí un catalítico vital.

Hemos perdido, día a día, la capacidad de transeúntes. Antes deseábamos, y ahora sabemos que debemos tener cuidado con lo que deseamos, quedarnos todo el día en casa. Como Melusina, aquél personaje creado por Manuel Mujica Láinez; la joven bruja que era un reptil, y deseaba ser humana las veinticuatro horas. Hasta que su madre, ¡gracias, mamá!, le dio el gusto, y la convirtió en humano. Sí, la convirtió en un mozalbete que debía acompañar a su amado. Y la conversión no se extendió sólo 24 horas, si no que lo fue por años. Siguiendo a ese amor con otro sexo, ella con un sexo diferente al que deseaba, mientras su amor tenía el sexo de siempre. Juntos, pero tan distantes. Casi como nuestra situación actual. Juntos. Revueltos. Impacientes.
Decía, cuidado con lo que anhelamos. Ahora, una gran mayoría estamos confinados entre las paredes de nuestro hogar, o deshogar, o casa-cárcel, o celda de reclusión. Como Melusina, deseábamos permanecer en casa más días, no estar apegados al trabajo, al estudio, a la ocupación de la que se tratara, y ahora aquí estamos. Todas las horas de cada día, desde una semana y tres días atrás, casi como monjas de clausura, aunque no para tanto. Porque dormimos, dormitamos, vagamos por todos los ambientes permitidos para vagar. Estamos cada una de las veinticuatro horas junto a nuestras parejas, nuestros hijos, nuestras mascotas, sin dar un paso más allá de la puerta. Envidiamos a los gatos, las cucarachas, las lauchas, los gorriones, los perros vagabundos, las mariposas, las lombrices, que se permiten errar por allí.
Nos sentimos como especies vegetales atadas a las macetas. Sin la capacidad desarrollada por las especies vegetales para mantener relaciones sexuales, repeler a los indeseables, fructificar, engendrar y, sí, también morir. Todo en una vida.