Con el tiempo, el pequeño hombre aprendió a regirse con el tiempo. Ajustándose a él.

Durante años pensó que dominaba el tiempo al hacer lo que se le ocurriera en el instante.

¿Cómo puedo dominarlo -pensó luego- si desconozco sus regulaciones?

Desde entonces se volvió un ferviente cultor del tiempo. Y tuvo que hacerlo a rajatabla. Sin concesiones. Atado a horarios.

No fue fácil. Las ilusiones sobre el manejo del tiempo lo acosaban cada segundo.

¿Qué o quién, y por qué, pretendían que él no pudiese ser un maestro del tiempo?

Con el paso del tiempo, mucho tiempo, comprendió que el culpable era él. Sólo él.

¿Sólo yo? ¿Realmente?, se interrogó. Y a la sazón cayó en cuenta que era así. Pura y dura verdad.

Para evitar que sus relaciones, maliciosamente, le tendieran trampas o pretendieran relajar el logro de su objetivo, había obviado comunicarles sus pretensiones.

Por un tiempo pensó que los rufianes que jugaban con su decisión eran los vendedores de relojes. Hombres y mujeres malignos, creyó.

¿Por qué juegan conmigo de esa manera?, inquirió a su soledad. Y la soledad, fiel, se mantuvo callada. Tomó nota, y guardó respetuosa reserva, como Isabella di Morra.

En fin, vendedores bajo relación de dependencia, comisionistas, buhoneros, manteros, mercachifles. Todos ellos disponen de estrategias, como bien lo había comprobado el pequeño hombre, para tomar su tiempo y su dinero.

Aún peor, era tan predecible para ellos, que se sentía desnudo. Sólo por manifestar interés por algún dispositivo nuevo, o no tanto, para medir, controlar, registrar el tiempo.

Pretendía tener un método para repeler a esos mercantescos: “Sólo estoy mirando”, disparaba, a veces con pobres resultados. Aquéllos personajes estaban cada vez más entrenados para repeler los “no-quiero-nada-por-ahora-gracias”, y comenzaban a dar detalles incomprensibles sobre relojes y otras máquinas del tiempo. Más, también menos, complejos.

Aunque las más de las veces esto iba en detrimento de su bolsillo, había comprendido cómo lidiar con ellos: compras rápidas que evitaran su inclusión en algún grupo que lo definiera como un tipo de cliente.

¡Pobre iluso! Los buhoneros dejaban mensajes en clave en el marco de su puerta de ingreso. Decodificable para predicadores, mendigos, ganapanes, tonras callejeros, recibían la señal. Y ahí se veía él, pequeño hombre, como era usual, acosado por las pandorgas de los vendedores.

A lo largo de su existencia acumuló relojes de toda calaña. Y la acumulación demandaba el adecuado almacenamiento del voluminoso compendio de segundos y minutos. Tanto para ocultarlos de ojos aviesos, como para evitar murmuraciones.

Y allí estaban, cientos de relojes amontonados. Desechados. Desconcertantes. Descatalogados. Despampanantes. Descalabrados. Aún así, lejos estaba de su pretendida conversión en un maestro del tiempo. Aún menos, su controlante.

Aunque durante un año, o dos, había logrado que, casi, todos sus relojes detentaran la misma hora, pasado un tiempo ya no pudo coordinarlos. La tarea, propia de un Odiseo, le robaba tiempo a su trabajo, al ocio, a la alimentación, a su salud. Y allí andaban, como los humanos, todos y cada uno de los relojes detentando un tiempo propio: el de la telenovela, el del programa de habilidades, el de los concursos, el de los políticos, de los vendedores, de los artistas, de los deportistas, de las prostitutas, de los astrónomos, de los especuladores. Un mundo aparte, casi un tiempo propio, como parte del interminable listado de tiempos generales, particulares, compartimentados. Aconsejados, atormentados, afortunados. Acosados. Blindados, Cansados. Damnificados. Eviscerados. Fecundados. Gastados. Hundidos. Incentivados. Jodidos. Kármicos. Lúbricos. Magnificados. Ninguneados. Ñañosos. Opacados. Pacificados. Quisquillosos. Ratificados. Santificados. Topografiados. Unificados. Verificados. Wolfganguizados. Yuxtapuestos. Zacateados.

Todo por aquellas historias; la del inefable que juraba en todas las religiones posibles, que cada mañana se despertaba con su reloj pulsera. Cuando en verdad ni la Overtura 1812, con Napoleón a la cabeza, lograba arrebatarlo del dominio de Morfeo. Para nada.

O aquella otra, del maldito, que ignoró el reloj, estuche incluido, que su padre había dejado en sus zapatos un día del niño. Cuando fue a buscarlo, arrepentido, ya no estaba. Desde entonces, se le desvanecía entre los dedos, cada mañana, cuando buscaba el calzado para iniciar el día. Y habían transcurrido más de 70 años desde aquel episodio.

Con ardides, pensó que había dejado atrás esa mitología de arrabal. Se convenció de ello cuando, al fin, tuvo su computadora personal, y más aún, con su teléfono inteligente. Ah, benditos dispositivos, dijo una vez, con ellos podía acceder a comprar relojes on line. Y creía, incauto, que su privacidad estaba a salvaguarda, como Caperucita Roja del Lobo. Las compras on line bullían de ofertas de relojes virtuales, atómicos, vintage, clepsidras, cucú, de cuarzo, sumergibles, espaciales, de ajedrez, comparadores. Un mundo a tiro de pantalla. De pantalla brillante y resplandor azulado. En la punta de sus dedos. A las órdenes de su voz. Con el respaldo de su tarjeta de crédito y su cuenta bancaria.

Pero, siempre hay un pero, también dependían de algo. No de resortes, diminutas cintas aceradas, ruedas dentadas, balancines, carillones. Dependían de la carga eléctrica.

También tuvo que desechar el teléfono móvil inteligente, que parecía la panacea, porque de manera inesperada, alguien del confín del mundo le enviaba un mensaje ofreciéndole… relojes. ¡¡¿¿Quién puede conciliar el sueño después de esa experiencia??!!

Pasado un tiempo, volvió -nunca pensó que sucedería- a un viejo modelo de reloj fabricado en China. Copiado de un modelo coreano, y de otro japonés.

Era verde, con el pulsador de la alarma y el cuadrante redondo, color negro. Lo recuperó cuando se disponía a depositar un reloj con sopapas, que permitía adherirlo a vidrio, cerámica y otras superficies afines. Tenía cuadrante digital. Informaba la fecha y la temperatura ambiente. ¡Pero no brillaba en la oscuridad! Qué descaro.

Trataba de acomodar ese engendro en una caja, y aquél reloj enteramente plástico, verde y con detalles negros, los minutos y las horas pintados con luz fluorescente, cayó a sus pies.

Lo había apartado porque las baterías AA se habían sulfatado. Y algo así estaba lejos de la perfección del tiempo. Ahora probó con unas baterías de ion litio, y el aparatito volvió a la vida. Como si le hubieran colocado una batería de tracción.

Se acostumbró a los pequeños desajustes. Nada es perfecto, se dijo. Según la Luna que rigiese, adelantaba, atrasaba, era puntual o parecía estar en el-sin-tiempo. Así, el pequeño hombre, mediante cálculos alejados de la complejidad, y la compañía del reloj verde sabía si debía amanecer antes, o con retardo. Tenía claro si podía disponer de una media hora más, aletargada, o no había opciones para la demora.

Se juramentó que siempre usaría el reloj despertador verde con baterías de ion litio. Lo hacían una especia de ave fénix entre los despertadores, y, lo más importante, predecible: cuando las baterías decaen en su carga, su máquina del tiempo atrasa milésimas de segundo por día. El agotador batallar por la conquista del tiempo había dado un vuelco fundamental.


Crédito de la imagen: Watch, stopwatch, gun, by Dmitry Nucky Thompson