“Qu-errán que tengamos villas miseria”, dijo un po-lítico.

Que-dé pens-ando por el n-ombre de las vil-las mi-seria, esos con-glomerados donde hab-itan s-eres hu-manos, p-ares nuestros.

En Wikipedia, la definición para este tipo de construcciones sociales es “asenta-miento in-formal”.

Pen-sé en el dicho de aquel hombre, un funcion-ario - ¿hay o no vil-las mi-serias? -, y la real-idad de quienes hollan en la nece-si-dad, en los r-anche-ríos de chapas, car-tones, mad-eras, laton-es, ali-mañas y hambre; a lo largo de todo el mundo.

Es el concepto de un polít-ico, y de muchos o-tros. Así como gr-andes estrategas militares hacían des-filar t-ropas, una y otra vez, para eng-añar a los es-pías, los polít-icos cu-ando hacen t-ours por las zonas que gobier-nan, evita-n ‘los asenta-mientos in-formales’. Y se des-gañitan en las cam-pañas e-lec-torales. Lue-go, de tanto e-vitarlos, creen que no hay vil-las mi-seria en los lu-gares que gobier-nan.

En la ciu-dad en que vivo, San-ta Ro-sa, en los úl-timos a-ños se dio una pa-rado-ja in-teresa-nte: los ter-renos que ha-bitaban, como podían, los segrega-dos de la socie-dad, co-menz-aron a ser ro-deados por em-prendimientos inmo-biliarios que fu-eron creciendo im-pulsados por la m-oda, la so-ja.

Zonas inun-dables al-rededor de la lag-una ale-daña a la ciu-dad fueron oc-upadas por fuertes in-versores, y se des-arrollaron viviendas modernas y cost-osas. El régi-men de lluvias varió, por el calenta-miento g-lobal, o por las e-voluciones naturales, y el agua re-clamó lo suyo, jaque-ando por igual los antiguos r-anchos, los cintur-ones de la mi-seria, las zonas h-abit-adas por quien-es deben ajustarse los cin-turones por gen-e-raciones, por-que la mi-seria se r-esiste a aban-donarlos, las c-asas hechas a pulmón, y a los recién l-legados des-arrollos in-mobiliarios cost-osos.

Algo simi-lar ocur-rió en zonas cer-canas a la re-si-dencia o-ficia-l del go-berna-dor de la pro-vincia. Trad-icional-mente oc-upadas por qui-enes vi-vieron más allá si-empre - el más acá es más peque-ño, reser-vado-, en los últ-imo-s tiem-pos también recibieron la llegada de otros in-vers-ores mejor a-como-dados.

Los anega-mientos, la el-eva-ción de las napas fre-áticas, hicieron que pro-testaran, juntos, los e-ternos de-shar-rapaditos con los pro-piet-arios de edifica-cion-es más ambi-ciosas. Pe-leas. Re-clamos. Diatr-ibas. Ningu-neos. Pro-mesas.

De-tengo aquí esta ir-reflexión. Dejo este escr-ito, pens-ando que tal vez, alg-uno de los vo-ceros preten-dió refer-irse al a-sunto en otro sent-ido: “Quer-rán que (man)tengamos vil-las mi-serias.”

Ni pres-identes,

go-berna-dores,

o inten-dentes,

le-gisla-dores,

y sen-a-dores,

anque pu-n-teros

resuel-ven nada.

Todo de-pende de invers-ores.

Son los, falsos, mesías de nuestros días.

Los que hoy no fían, mañana sí.

Oportunistas de las favelas,

los cantegriles, y las callampas

y las chabolas, y los tugurios.

Quienes planean en los aplausos,

adocenados, de las campañas,

cuando prometen erradicar,

cortar de cuajo, de un plumazo

los caseríos y asentamientos.

Y si no cumplen,

que les demanden

cual reyes momos

de carnavales.

Son calcinados como demonios,

pero resurgen año tras año

“cuando demandan

los electores

que alguien dé corte

al despelote”.

Son los mesías de nuestros días.

Los que hoy no pueden, mañana sí.


Crédito de la imagen: A child squatting in the dust, by Madi Robson