Depuse las armas ante la repulsa de todos.

Cual proyectiles las miradas tronaban, plañían la traición.

¿Por qué nos abandonaste?

Fuegos eternos las habían forjado, clamaron.

¿Eternos?, pregunté.

Eternos, no, me dije.

Doscientos mil años es un pestañeo.

Ajenos a la dimensión de nuestra pequeñez.

Abrumados.

Miré mis manos. Que son las tuyas.

Afuera el mundo se sacudía con las explosiones atómicas.

Ahora habrá que construir, concluí.

En el interior, me desarmé en el vuelo.


Crédito de la imagen: Science, atom and pink, by Hal Gatewood