Empecinado

Era alguien empecinado1, aunque también podríamos decir tan convencido de que su sola presencia evitaría que las cosas dieran por el suelo o se rompieran, o las robaran, o se perdieran, que suspendía temporalmente la atención en ellas. Como si entrara en éxtasis2, negando la razón, por ejemplo, de la gravedad, en cuanto fenómeno físico.

Soy horrible leyendo

– “Soy muy malo leyendo”, balbuceó el muchacho apenas ingresó a la sala. Sin saludar, dar detalles de quién era él o por qué estaba allí. En el lugar había sólo silencio, interrumpido por algunos suspiros, respiraciones pesadas. – “Espero que sean mejor audiencia que yo leyendo. Porque de verdad, soy horrible”, insistió, tratando de ganar coraje. En la sala, las paredes verde agua con guardas de un esmeralda muy suave eran iluminadas por el sol de la mañana.

Boitatá en el lomo de la noche

“Quando alguém topa com ela só tem dois meios de se livrar: ou ficar parado, muito quieto, de olhos fechados apertados e sem respirar, até ir-se ela embora, ou, se anda a cavalo, desenrodilhar o laço, fazer uma armada grande e atirar-lha em cima, e tocar a galope, trazendo o laço de arrasto, todo solto, até a ilhapa!” 1 Lendas do Sul, João Simões Lopes Neto

"—¡Pobre, pobre Hôîchi! —exclamó el sacerdote—. ¡Todo por mi culpa, todo por mi imperdonable culpa…! En cada rincón de tu cuerpo inscribimos los textos sagrados… ¡salvo en tus orejas!" La historia de Mimi-nashi-Hôîchi2, Lafcadio Hearn